miércoles, 26 de mayo de 2010

Para mi Azucena

Y las caras de ellos inmutables frente a esas máquinas doradas, parecían desdibujarse en tan solo unos segundos, cuando me pareció verla. Pensé que ya estaba, que podía sobrellevarlo, pero cuando la vi quería correr, abrazarla sentir su olor a perfume y cigarrillo barato; quería ir a pegarle un cachetazo por haberme mentido y aplaudirla por ser tan buena actriz. Yo sabía que se quería ir desde hacia mucho pero pensé que ella iba a existir para siempre, porque para algunas cosas sigo siendo una nena.
Estaba ahí, sentada con su pulóver verde agua, el de salir, y con su pelo a medio arreglar, duro e inmanejable como siempre; con sus manos de piel cortajeada y sus dos anillos de fantasía. Yo no me podía mover me invadió el miedo, el terror de acercarme y comprobar que era una ilusión o no; pues si era me moriría de felicidad en un instante sin dudarlo; y si no también me moriría pero de desolación.
La observe como si yo fuera el fantasma de otra realidad, y me aleje muy despacio, sin lograr verle la cara.

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